martes, 16 de julio de 2013

Amor Vegetal

A una mujer, cuando uno no sabe qué regalarle, siempre y cuando no esté lo suficientemente motivado como para obsequiar el abrigo de visón, el anillo de diamantes, o el Ford Mustang, se  le compra o una caja de bombones (fatal para la línea), o un ramo de flores. Por si acaso quieres cumplimentarme con un presente, omite, por favor, el ramo de flores y sustitúyelo por una florida maceta con raíces. Y, aunque no viene a cuento, tampoco apreciaré el abrigo de visón, no vayas a creer. De todo lo otro, incluidos los bombones, podemos hablar.

Leí una vez que los auténticos aborígenes australianos respetan a las flores porque las flores son génesis de simientes y frutos. Sólo en caso de graves enfermedades se permiten recolectarlas para elaborar algún ungüento o pócima curativa. No es que yo pretenda seguir esa filosofía. Es más bien que me parece como triste: la vida es efímera en una flor cortada y no tiene después. A lo sumo será prensada, aplastada aun hermosa, por entre las páginas de un grueso libro (y lo escribo convencida de que se trata de una opción romántica y demodé que probablemente –salvo las artesanas que montan cuadritos para vender en los mercadillos-,  ya no practican ni las damas más ancianas y nostálgicas).

Cuando paseo por esos majestuosos jardines tan bien trazados, con árboles esculpidos, con ramas forzadas para conseguir la estética figura imaginada por el diseñador, con especies tan armónicamente agrupadas por sus premeditadas flores y sus matices de color, con los requetedibujados – y tantas veces laberínticos- senderos de sombras y luces deliberadas por un paisajista reconocido, todo ello potenciado por la sutil banda sonora de los gorgoritos del agua en fuentes o cascadas inducidas, siento admiración y aversión al mismo tiempo.

E igual me pasa con los bonsái, esos arbolitos de origen chino adoptados por el Japón y, hoy en día por todo el mundo, enanos a base de tesón y poda. No puedo evitar compararlos con la tradición de los pies vendados y torturados de sus mujeres en función de una superflua belleza. Y, tirando de este hilo, también los relacionaría con tantas y tantas operaciones de cirugía estética.

Incapaces de digerir, entender o valorar la seducción de lo originario, de lo que es por definición, por cuna, sólo nos satisface su manipulación. Necesitamos recrearlo, como si quisiéramos dar una lección a la naturaleza: “Nosotros lo hacemos mejor. Nos sale más bonito. Perfecto.”

Quedamos pues que a mí mejor me obsequias con una maceta. Y, no me lo digas, porque ya lo sé: eso es en cierto modo una incongruencia. ¿Qué tiene de auténtico una planta cautiva así? ¿Acaso existen bosques, junglas o selvas de tiestos de un modo espontáneo?

En mi descargo te diré que es la manera que conozco (¿egoísta?) de acercar vegetación y lozanía, sin excesivo trauma por parte de ellas, al cemento de nuestros hogares.

Las plantas nos procuran un plus de oxígeno. Podríamos decir que, si no fuera por ellas, no lograríamos respirar. Y eso, por poco, es contradictorio porque hay ejemplares tan bonitos que casi te dejan sin aliento.

Yo no tengo variedades muy espectaculares, pero las quiero igual. Y es verdad que, como pasa con los niños, te gusta verlas desarrollarse y crecer. Te emboba el capullito que de pronto descubres en la punta de un tallo, escondido entre el verdor del follaje. Y, casi instintivamente, lo vigilas para controlar como progresa y engorda, procurando que nada interrumpa su proceso. De cuando en cuando, deslizas delicadamente tus dedos por su contorno en un cómplice mimo. Y cuando al fin culmina y estalla, ¡qué alegría!, los ojos y el corazón se te llenan de su color.

-¡Mira, mira! Ya tiene una flor.

Se la enseñas a todo el que viene, orgullosa, como si fuera de tu familia. Y sí, esa flor como ha nacido contigo, es algo muy tuyo, algo de ti.

¿Y las hierbas aromáticas? Cómo me gusta pasar dulcemente la palma de la mano por el desorden de sus hojas en “vuelo rasante”, sólo por el placer de ventear su aroma por la habitación y conservarla aun unos minutos entre los dedos.

Así he logrado mantener una buena relación, y bastante estrecha con (no quisiera olvidarme de ninguna por no herir su sensibilidad) ficus, potos, yerbabuenas, albahacas, romeros, orquídeas, buganvillas, aspidistras, yucas, geranios, cactus, aloes veras, lavandas, rosales, margaritas… Y como el roce hace el cariño, a fuerza de vivir juntas y respetarnos, hemos creado un vínculo bien parecido al amor.

Te voy a contar algo que seguramente no te vendrá de nuevas: las plantas también sienten. Les gusta la música. Agradecen que las hables, que las expliques cosas. Necesitan que las limpies, que las cuides y protejas de enfermedades… Al estar recluidas, requieren más atención. No se quejan, pero se mustian.

No se si te pasa como a mí, que a veces me despisto y me olvido de ellas, pero en cuanto les das un chorrito de agua, no sabes cómo se animan y te lo agradecen. A ti, que eres su compañero.

Es bien verdad que, cada año, alguna de estas especies me abandona largas temporadas dejando melancolía y desnudos tallos como testimonio de que la mía es su casa y que por eso, algún día regresará. Pero yo acato las condiciones de nuestra estrecha relación y me comprometo a cuidar y mantener su territorio limpio y con los nutrientes necesarios para que no le falte nada cuando regrese. Es más, espero impaciente e ilusionada su retorno. 
   
¿Crees que son patrañas o alucinaciones?

Déjame que te explique: cuando soy yo la que me ausento por un tiempo, siempre dejo a alguien de confianza al cuidado de “mi vergel”. Se con seguridad que se las mima, pero aun así las plantas van perdiendo frondosidad y verdor. Día a día, son atacadas por despiadadas plagas de pulgones, cochinillas y otros insectos malignos. Si están en  flor, de repente van escupiendo uno a uno todos sus pétalos y terminan. En una palabra, se llenan de tristeza y, si no llegas a tiempo, más de una puede morir de desesperación.

Si una de mis plantas fallece, no me es indiferente. Para mí es un fracaso, un sinsabor… No he estado con ella, ni he sabido darle lo que necesitaba. Pero si la veo renacer a mi regreso, si advierto como la sabia vuelve a circular por sus órganos y adivino su verde sonrisa, se que hemos regenerado nuestro sólido lazo: nuestro amor vegetal.

martes, 18 de junio de 2013

VIAJE HETEROGÉNEO

Estoy diciéndome calma, calma, si no es éste, será el próximo, pero el pulso se me acelera, aprieto el paso, me ahogo, jadeo, hiperventilo… ¡se me escapa!

Cada vez la misma historia que podría explicarse si estuviéramos hablando de un ferrocarril de largo recorrido que no volverá a pasar hasta mañana. Mi ansiedad está motivada por un tren de cercanías que circula, máximo, cada media hora y que, para colmo de simplezas, ni siquiera tengo una cita a la que necesito ser puntual. Salgo de casa con la firme voluntad de caminar serena y pausada, pero a medida que me acerco a la estación, voy inquietándome y prácticamente corro sin respiración.

Lo mío es lo que debiera llamarse el síndrome de “voy a perder el tren”. Y  no tiene cura. Lo digo con conocimiento de causa porque lo he probado todo: distraerme, engañarme, tomarme pastillas para la ansiedad, ir acompañada, incluso hablar con un psicólogo. Razonar, razonar y razonar… Nada. No me moriré de ello, pero moriré con ello.

Algo debe tener ese vehículo para que además se filosofe con él. Uno puede “perder el tren” ante cualquier acontecimiento al que no tenga ánimo de enfrentarse o al que ya no llega a tiempo de hacerse con él. ¿Será esa la lectura de mi reacción?

Nunca se me ocurre pensar que el avión volará sin mí. O que el autobús cerrará sus puertas en mis narices. O que el barco retirará la pasarela antes de que yo llegue… Ahhhh, pero perder el tren, perder el tren… Eso son palabras mayores.

Pues bien, he llegado. Aquí estoy plantada en el andén. Y hasta tendré que esperar la aparición  del convoy, también como siempre. Porque, en definitiva y paradójicamente, no recuerdo que se me haya escapado un tren en toda mi vida.

Y ahora viene lo que realmente quería explicar… Pretendía hablar de la diversidad viajera en un transporte de cercanías, en absoluto comparable a ningún otro  medio de locomoción urbana, interurbana o internacional, por tierra, mar o aire.

La megafonía anuncia su llegada por la vía 2 y lo veo acercarse. Una vez he entrado en él, elijo un asiento orientado en el sentido de la marcha, junto a la ventanilla. E inmediatamente me rodean tres chicos de dieciséis o diecisiete años, poco más o menos, con moderna indumentaria rapera que empiezan a hablar a voces. Es una conversación pendenciera como la de los malos en una película del oeste. Se ve que son unos chulitos que quieren hacerse notar pero a mí me dan escalofríos.

-¿Sabes el Manu? Pues le di un par de guantazos cuando menos se lo esperaba. Ese tío me pone de los nervios.

-A mi me han soltao esta mañana. He estao dos días en ese cuartelillo de poca monta, acusado de armar camorra.

Desde otro asiento que no logro ver, se oye, a dúo probablemente con la  pasajera que la escucha desafinando un montón, un tema de Shakira. 

 -¿Dos días sólo por eso?

-Y porque no podían quedarse conmigo más. No es legal. –engola la voz:- Sal de este pueblo que no te vea yo más por aquí, me ha chillao.

Con gusto me pondría de pie y me cambiaría de sitio. Pero confieso que me dan miedo. No vayan a malinterpretarlo. ¿Qué digo? No vayan a interpretarlo como lo que es: una huida en toda regla.  Me encojo, abro un libro y finjo leer, incapaz de concentrarme.

El que lleva la voz cantante, da una orden:

-Vosotros bajaros aquí, que yo me voy hasta Barcelona a tener unas palabritas con ese pavo, –se carcajea:- Como no tenga aprendida la lección, le pincho, os juro que le pincho. A ver qué pasa con las papelinas, que de mi no se ríe nadie.

Suspiro aliviada ya que, él mismo, también se ha marchado decidido ocupar otro asiento.

Las plazas, aun calientes, son ocupadas por una madre joven, su hijo, un chico de unos catorce años y un gran bolso de viaje. El niño es un pesado que reclama constantemente la atención de mamá:

-Mamaaaa, ráscame la espalda, mama.

Y no calla.

Para mi sorpresa, la madre le tumba boca abajo sobre su regazo, le sube la camiseta y le masajea el dorso en amorosa caricia llena de sensualidad.

Me digo tú a lo tuyo y, ahora sí, me centro en la lectura. Por poco rato. Tras de mí, una voz masculina se está lamentando de sus condiciones laborales y otra reclama a chillidos un pedido de folletos por medio de un teléfono móvil.

Al otro lado del pasillo, una señora de mediana edad que masca chicle,  teje a ganchillo, ajena a todo, con una pericia envidiable. Es una labor primorosa y avanzada que certifica horas y horas de dedicación. 

Una voz monocorde y apática se me está acercando. Pertenece a una casi chiquilla morena con aspecto de rumana que probablemente no sabe lo que dice. Se ha aprendido las frases de memoria y no le pone ningún sentimiento. Lleva  un bebe en brazos  y lo que explica es que como no tiene trabajo, no puede comprar leche ni pañales para él y que, además, ha de cuidar de unos padres ancianos y enfermos. Los pasajeros de este vagón no le hacemos caso. Tal vez tenga más suerte en el próximo.

En este ínterin, madre e hijo han cambiado las tornas: ella descansa sobre las rodillas del muchacho y él le rasca la espalda a ella.

No sé. Me da una sensación…, incestuosa. Mal pensada, no juzgues: tú a lo tuyo.

Es como ese chaval que ya es la tercera vez que le veo meterse en el lavabo: entra desmadejado y sale eufórico y con los ojos brillantes. Parece que se hubiera hecho una paja o fumado un porro o esnifado cocaína.

Vale ya. Tú a lo tuyo.

No hay duda, eso que oigo es un acordeón. Debe ser alguien del Este, interpretando una melodía muy triste. Recuerdo fragmentos de su letra: “cuando tú te hayas ido me invadirán las sombras…Y en la penumbra vaga de la pequeña alcoba…me acariciabas toda…”. Y la música llora y llora.

¿Y este qué quiere? Va dejando un papel escrito en la falda de cada uno de los pasajeros, sin mediar ni una sola palabra. Cuando llega al último del compartimento, desanda el camino y los va recogiendo. Casi no me da tiempo a leerlo de reojo, porque ninguno queremos comprometernos tocándolo. Escribe que es un maestro que ha sido despedido y que tiene dos hijos por criar y una mujer en el paro.

Cielo santo, qué difícil es la solidaridad. ¿Qué se supone que podemos hacer nosotros con unas pocas monedas y tanta gente pidiendo algo?

Hubo un tiempo en que realizaba este recorrido cada día a la misma hora, como muchas otras personas que estudian o trabajan fuera de su localidad.  Entonces resultaba que en el andén te encontrabas con las mismas caras. No era de extrañar que se te acercara alguno y te comentara lo mucho que le gustaba tu color de pelo y que ya se había fijado en que leías libros muy interesantes. No era nadie que quisiera ligar, no vayas a pensar. Era alguien que le apetecía hablar para hacer su recorrido más corto. O más enriquecedor.

Yo misma trabé amistad con un muchacho de unos 14 años, estudiante, que se apeaba en Vilanova. Un día se me acercó para preguntarme hasta donde iba yo,  ya que me veía seguir en el tren cuando él lo dejaba. Desde entonces, cada vez que me localizaba se sentaba a mi lado y se pasaba el trayecto hablándome de sus estudios, de sus padres, de sus amigos, enseñándome dibujos hechos por él y haciéndome preguntas.

En otra ocasión coincidí, repetidas veces con un hombre de mediana edad que sacaba de una mochila una cámara de fotos muy profesional y retrataba a una pareja algo madurita demasiado acaramelada para serlo de hecho y que, por supuesto, no se enteraba de nada aunque siempre convergieran con el fotógrafo (y conmigo, claro). Deduje que era un detective contratado por el marido de ella o por la esposa de él. 

Ya ves, podría escribir páginas y páginas (pantallas y pantallas) con todo el batiburrillo que se observa viajando en un tren de cercanías. Ese que se me escapa.




sábado, 20 de abril de 2013

LA CAJA DE LOS ÁNGELES

Narración tardía de Navidad

Esta historia empezó hace algunos años un buen día que descolgué las cortinas que me aíslan del exterior para lavarlas. El paisaje me golpeó sin remedio: mucho más crecido de lo que yo lo recordaba desde dentro, grandilocuente, seductor… Como era invierno, entró el sol y se fue apropiando del espacio, animando todos los objetos, tonificándome con su abrazo.

-¡Qué prodigio! –me dije a mí misma- Las limpiaré, pero no vuelvo a colgarlas.

Los amigos me decían:

-No sabes lo que haces. Se te estropearan los muebles, se te quemarán los cuadros…

Y tuvieron razón. Pero a mí no me importaba porque la luz me llenaba de alegría, al tiempo que al paisaje lo veía como la mejor apuesta por la decoración de mi casa.

Así que me quedé con el espectáculo, la iluminación y muchas anillitas de las que no pendía nada. Momentáneamente.

Se acababa el año y, en consecuencia había que recrear fiestas.

Normalmente, compongo los cuatro tiestos que tengo en la terraza como si fueran clásicos árboles de Navidad. Es mi insulsa contribución a lo no tala de árboles y, además, a mi me gusta el resultado. Encuentro que queda gracioso. Pero, esas navidades, con todos aquellos círculos vacios que parecían estar pidiendo una razón de ser, se me ocurrió que podría ocuparlos con motivadores adornos.

No me hagas explicarte como llegó a mis manos el primer ángel colgante y cómo me robó el corazón, porque no me acuerdo. Era de cristal y tocaba una trompeta apocalíptica. Eclipsó cualquier otro tipo de ornamento. Y fue el disparo de salida para ir montando mi ejército celestial. Así tomé la decisión de que, de aquellos redondelitos, sólo pendería una corte seráfica.

No vayas a creer que se trataba de una tarea fácil. Sólo encuentras ángeles para colgar, en Epifanía. Y los modelos son limitados. Eso sí, cada temporada se renueva el parque. El resto del año, los ángeles viven en tiendas de velas e imágenes religiosas, y no son de pender.

Ya pasados los Reyes, cuando devuelves a la casa su anterior aspecto, decidí indultar a mis alados amigos y dejarlos allí, suspendidos frente al cielo azul o la noche estrellada. Los nombré mis compañeros del día a día.

-Es posible que hasta me protejan de adversas vibraciones y malos espíritus-, me dije a mi misma. –Eso es un plus. 

De ese modo, todos los diciembres, si un ángel me seducía, lo compraba. Y no sólo era yo;  los amigos, sabedores de mi nueva pasión, ¡me regalaban ángeles!

Los tenía de los más variados aspectos, actitudes y materiales:
cerámica, rafia, papel, ropa, fieltro…, gordos, flacos, bellos, cómicos, abstractos, minimalistas… También de varias categorías: ángeles, arcángeles, serafines, querubines… Podían volar en diferentes posturas, leer una partitura, tocar la flauta, el acordeón, la trompeta, la guitarra, el violín, la pandereta, la zambomba… Los pendía a distintas alturas y, cuando todos los espacios estuvieron ocupados, les hice sitio y de una anilla descendían, escalonadamente, tres o cuatro alados, por lo menos.

Los visitantes se quedaban asombrados y exclamaban:

-¡Ooooh! Qué original.

El diciembre pasado ni siquiera veía a mis ángeles. Ya se me habían incorporado al entorno sin remedio, por lo que no sumé ni uno más a la colección. Lo que si vi con un cierto incomodo, es como sus sombras se proyectaban sobre el suelo, las paredes, los muebles, las pinturas, las fotografías de los seres queridos… Eran como un enjambre asfixiante que se apoderaba de todo, incluso de mi. Los notaba sobre mi piel, sobre mi ropa, enredados en el pelo… Me obligué a ser consciente de esa presencia colgante y comprendí que era otra cortina sobre mi horizonte. 

-¡Me estáis tapando la luz y el mundo!- pensé.

Me acerqué y los miré atentamente. Habían perdido muchas de sus facultades. Me di cuenta que sus alas eran como las de Ícaro, deshechas por el sol. Sus ropas no habían tenido mejor suerte, descoloridas y frágiles.

Fui a buscar una caja de cartón, me subí a una escalera  y, con sumo cuidado, fui cortando el hilo que les hizo volar y fui guardándolos con pulcritud. (Siempre he creído que si has amado realmente a algo o  a alguien, le debes un respeto, porque también te lo debes a ti mismo).

Y el sol desenfrenado e ininterrumpido volvió con el paisaje.

Para evitarme la tentación de  ponerme a coleccionar, pongo por caso,  ángeles caídos colgantes (que por cierto serían bastante más difíciles de conseguir que los benditos –piénsalo si no-), desmonté la barra con las  anillas. 

Calculé cuando pasaría el camión eléctrico que recogía cartones y allí puse la caja. Pero me quedé atisbando porque me creía en cierto modo, responsable de su suerte y sentía dentro de mí como un remordimiento: ¿qué sería de ellos?

Al poco rato llegó el camión silencioso. De él bajó una mujer con gesto adusto, un cabello muy corto y oxigenado  y  unos guantes desproporcionados y bastos  enfundando sus manos. Empezó a recoger los cartones plegados, dejando mi caja para lo último. Cuando sólo le quedaba ella, la abrió, se quitó una manopla y atrapó uno de los ángeles. Su expresión se dulcificó. Lo volvió a guardar y, con expresión satisfecha, se llevó el conjunto con ella a la cabina. Después reanudó la marcha hasta una próxima pila de cartones.
Interpreté que para ella aquella caja había sido un regalo del cielo.

Moraleja: cortinajes, demonios o ángeles te pueden tapar el sol (siempre eres tu quien lo provoca). Y, lo que a ti un día te tapa el sol, a otro le da luz.









jueves, 28 de febrero de 2013

Mis Muertos Vivientes


In memoriam

Si se nace, se muere. No imagino que nadie pueda discutirme eso. Luego, si se quiere y quien quiera, podrá plantear eternidades (Antoine-Laurent Lavoisier: “La materia no se crea ni se destruye sólo se transforma”) según sus escepticismos o  sus creencias. Justamente las mías empezaron a tambalearse ante las contradicciones que me parecía descubrir en la religión católica, apostólica y romana, credo en el que había sido educada.

Tenía más o menos once años y en mis entendederas no cabía la desesperación de los familiares de un ser querido que dejara de existir. Me decía: no era mala persona, por lo tanto no irá al infierno. Y si va al cielo, ese sitio en que se está tan bien y en que lo tienes todo además de estar al lado de Dios, ¿por qué no estamos contentos?

Claro que a aquella edad, sólo se me había muerto un pájaro. Y me dolió tanto que no paraba de llorar. Entre otras cosas, porque mi religión no tenía previsto un paraíso para mascotas.

Aun hay otra realidad que considero incuestionable y es que uno va creciendo y que, en el proceso, va acumulando bastantes dudas, un montón de experiencias y cadáveres. Muchos cadáveres.

No sé si les evoco o si son ellos los que reclaman mi atención porque, de pronto, sin venir a cuento, noto a mi abuelo (mi primer muerto humano) haciéndome tropezar con caramelos. Veo a tía Josefina rellenando esa pintada que cocinaba como nadie. Escucho a mi padre hablándome del alma. Me miro al espejo y me devuelve la imagen de la abuela que se pone sus aretes cada día, porque explica que una mujer sin pendientes es como un burro sin orejas (¿). Oigo, aun con muchísima tristeza, a mi madre que me dice que ya va siendo hora de irse. Y ahí está también mi elegante e impecable amigo Jesús, muy delgado ya, casi etéreo, horrorizado por mi poco convencional indumentaria…

Entiendo bien a uno de mis suegros, que descanse en paz, cuando manifestaba que uno empieza a saber que se está haciendo viejo, en el momento en el que ve como fallece gente a su alrededor que ya no son sus mayores, si no sus iguales.

Aunque sé que todavía tengo muchos amigos vivitos y coleando,  este fin de año se han producido más bajas. Y todas seguidas.

Se fue mi amigo Toni, el que influyó para que me metiera en este espacio. Sí, el del que hablo en los datos personales… Junto a Toni y a otros compañeros, y no sé si ellos lo supieron nunca, experimenté el valor de las pequeñas comunidades frente a las desalmadas urbes. Comprendí por qué los pequeños países, como los nórdicos por ejemplo, se gestionan mejor: en las colectividades medidas, las desigualdades sociales se pueden igualar más fácilmente con la aportación de todos, las corrupciones quedan demasiado evidentes para ser soportadas y, en consecuencia, sus gentes puede estar más y mejor realizadas. Se fue mi amigo Toni, un día después iba a cumplir años, y aun está en mi memoria su voz insistente: “Escriu Maïa, escriu”.

También partió mi amiga Conchita, la de la infancia, la de tantos y tantos momentos escolares, la que tuvo un oído portentoso que no quiso oír (le tatareabas una melodía y ella la interpretaba con cualquier instrumento musical que pusieras en sus manos).  La que era más amiga de los animales que de las personas… Se la encontraron después de Navidades, de sus solitarias Navidades, tirada en el suelo rodeada de sus perros. Dicen que llevaba cuatro o cinco días muerta. ¡Cómo me sobrecogió su patético deceso! Ya lo sé, ya lo sé. Todo el mundo muere solo. Es un acto personal e intransferible. Íntimo. Pero con gente a su alrededor que intentará acompañarle. Me reconforta pensar que, en su desolación, estuvo con los que más quería: sus animales. Y la escucho reírse, reírse de ella misma, sorda a sus aptitudes sinfónicas.

Se marchó Moisés Broggi, el doctor Broggi. Probablemente le había llegado la hora, porque tenía 104 años de humanidad, de enterezas y conocimientos. A él, no me vinculaban lazos de amistad, sólo me unían sentimientos de admiración, respeto y agradecimiento, (y digo sólo, porque en definitiva a mis amigos también los admiro, respeto y agradezco su camaradería). El doctor Broggi salvó a mi hija y uno no puede borrar de la memoria un hecho así. Le veo junto al lecho preocupado por la reacción de su paciente, intentando animarme: es joven. Saldrá de ésta.

Para acabar de estigmatizar al pasado mes de diciembre, justo en ese mes, empecé a oír hablar de los primeros suicidios relacionados con la crisis en la que estamos sumergidos. Y aunque no conocía a esas personas y en consecuencia no podía quererlos, me abrumó tanto todo su sufrimiento, impotencia y desesperación, que no pude por menos que ponerme en su lugar y notar el peso de un futuro ahogado e hipotecado de por vida, el vacío de su paisaje sin horizonte… Y yo fui ellos. Soy ellos.

Deseo que en la otra vida, cada uno de ellos haya alcanzado lo que esperaba encontrar: el descanso, el paraíso (tal como lo había soñado), la evolución, la reencarnación, la transformación, la nada, el todo…

“Deja que los muertos entierren a los muertos”, Mateo 8:21-22.

Aunque debiera olvidarme de ellos, no puedo olvidarme de ninguno.

Subsisten en mi: mis muertos vivientes.

Y no sé. No sé si soy yo quien les evoco o son ellos que no quieren abandonarme.

“Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando”. Rabindranath Tagore


martes, 1 de enero de 2013

“Las promesas de los políticos no comprometen en absoluto a los propios políticos que las hacen, sino a las personas que se lo creen”


Mi amigo José María el viajero, ese que vive en el pequeño pueblo de Montarnaud, el que cría gallinas de vistosos colores que ponen deliciosos huevos, el que colecciona grandes piedras de curiosas e inquietantes formas –esculturas cinceladas por el tiempo-, rocas de cualquier pedazo del mundo, ese que cultiva en su huerto un ejemplar de olivo de cada rincón olivarero de España y variadas especies de tomates de simientes antiguas y sabrosas carnes, ese que ama trabajar la tierra, me hace llegar el enunciado del título, con el fin de darme pie para que siga escribiendo en mi blog. 

Apunta exactamente:

He oído una frase en este país que espero te pueda servir para hacer uno de tus artículos que hace tiempo no he tenido el placer de leer:

“Las promesas de los políticos no comprometen en absoluto a los propios políticos  que las hacen, sino a las personas que se lo creen”

Y, mira por dónde, después de tanto desencanto, frustración e impotencia que me dejaron sin palabras, tomo el testigo y vuelvo a decir.

Desconozco qué boca se expresó en semejantes términos, ni dónde quería conducirnos. Porque esa sentencia, para mí, tiene varias intenciones que van en consonancia con el tono y con los labios que las articulen.

Trataré de poner algunos ejemplos:

Si la expresó un filósofo, entenderemos que fue fruto de una sesuda y serena reflexión sobre el comportamiento del ser humano ante acontecimientos tan destructivos para su crecimiento como tal. Por supuesto, el sabio habrá valorado antes los años y años, los lustros, los siglos, en que se ha educado a los creyentes en ignorancia, sumisión, temor  y castración. El estudioso expone una evidencia.

Si la pronunció un poderoso con inflexión condescendiente (¡ah! si fue un poderoso…), entonces está tratando de exculpar a su clase. Y, ya se sabe, la mejor defensa es un buen ataque. La frasecilla de marras, pasaría a engrosar el saco de “pueblo tu eres el pecador”, donde amontonan, aprietan y esconden todas sus propias incompetencias, rapiñas y cinismos, ávidos de lavarse las manos incriminando a las gentes mentidas.

Si la voceó un ardoroso cabreado, pretendía hacerle reaccionar al oyente, con la intención de encender los ánimos para pasar a la acción. “Te prometerán todo lo que tú quieras oír y, como necesitas que sea cierto, posibilitarás su promesa: “se insumiso”,  “deja de aceptar y rebélate”, “deja de votar, pueblo, y toma el poder”.

Tal vez sea bueno que me detenga aquí.

No sé de qué materia estamos hechos, que logramos confundimos con nuestros propios deseos.


No sólo los políticos nos prometen y nos comprometen, también lo hacen los industriales (cremas adelgazantes, reafirmantes, rejuvenecedoras, crece pelos…, etc., detergentes que lavan a cual más blanco, tejidos que no se planchan…), los banqueros (participaciones preferentes con altos rendimientos), las religiones… Yo diría que tenemos tantas ganas de adelgazar, reafirmarnos, rejuvenecernos, no perder ni un cabello, tener la ropa más blanca del mundo, no planchar, rentabilizar al máximo los cuatro duros que atesoramos, alcanzar de alguna manera la inmortalidad, que estamos preparados  para dar crédito a la realización del cambio. 

Claro que antes, probablemente, nos crearon  la necesidad de no ser gordos, ni fofos, ni calvos, ni viejos…, y nos atiborraron de imputs con una educación basada en los Cuentos de Hadas, Superman y Walt Disney.

Ya crédulos, sólo tienen que investigarnos someramente para poner en evidencia nuestro “tendón de Aquiles” y así ofrecernos todo aquello que queremos lograr.

Visto así, tendremos que aceptar que sí, que de acuerdo, que los comprometidos son las personas que creen en las promesas de los políticos, de los industriales, de los bancos y de las religiones.

Pues mira, a propósito de falsedades, deja que te refresque esta fábula de Samaniego que seguro conoces: 

El zagal y las ovejas

Apacentando un joven su ganado,
Gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor! que viene el lobo, labradores.»
Éstos, abandonando sus labores,
Acuden prontamente,
Y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
Segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el Zagal se desgañita,
Y por más que patea, llora y grita,
No se mueve la gente escarmentada,
Y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta de un engaño,
Contra el engañador el mayor daño!

No me parece que podamos hacer dogma de fe de las palabras de Samaniego pero, si lo hacemos, tendremos que aplicarlas tanto por activa como por pasiva. El lobo va a devorar, no sólo la manada, también al bromista pastor, a los labradores y, si mucho me apuraras, hasta a él mismo. Autofagia. O eso espero.

¿Sabes que me gustaría?: que todos estos mis escritos llegaran a oídos de los políticos y funcionaran como los míticos cantos de sirena que en época de Ulises llevaban a zozobrar a los navegantes. Me los imagino allí, despanchurrados contra las rocas, imposibilitados para crear más desolación y terror. Ahogados en sus propias mentiras. Engullidos por fantásticas y sanguinarias quimeras, criaturas creadas por la ira de Dios.

Para colmo de males y a propósito de estas palabrerías, mientras escribo, otra frasecita se cruza en mi camino:

Quienes sólo saben contar la verdad no merecen ser escuchados. (Jonas Jonasson)

Pues estamos apañaos. ¿Para qué quieres más comentarios?  

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Lo que nos asemeja, ¿nos hace diferentes?

Divagaciones en una hermosa jornada
Iba yo un día andando tranquilamente por la calle, con ganas de mirar. Era unos de esos días que te has levantado como si el sueño hubiera archivado todas tus pesadillas, como si el descanso pusiera las piezas en su sitio: el cielo es azul, el sol resplandece, la naturaleza está en flor, las mariposas vuelan, los pájaros cantan, las gentes sonríen…, etc., etc., y etc. ¡Todo el mundo es bueno!

Si las sensaciones pudieran encargarse, yo me encomendaría una así regularmente porque, prescindiendo del amor, no conozco una percepción superior a la que te procura la paz. Y yo estaba en paz con todo bicho viviente.

Bueno pues, con ese inmejorable estado de ánimo, deambulaba por ahí contemplando lo que me rodeaba: edificios, establecimientos, farolas, mascotas, coches, autobuses, bicicletas, personas…

-¡Mire qué pinta, hermana!- Oí murmurar a mis espaldas con cierta rechifla.

Me giré y vi  a una mujer que hablaba con otra mujer vestida de monja. Y el centro del comentario  no era yo, por raro que pueda parecerte, sino una señora árabe ataviada con la vestimenta de su país.

¿Qué quieres que te diga? Hace tiempo que nada me parecía tan chocante. En cierto modo, voy a frivolizar. Pero déjame que te lo ilustre para que no haya dudas ni malas interpretaciones.
Salta a la vista, ¿verdad? ¿No se diría que van al mismo modisto? O lo que es igual, ¿no parten del mismo hábito? (Y cuando digo hábito me refiero a costumbre y a vestimenta)


El velo en ciertos paises es algo obligatorio que denigra a la mujer.(sic) Es una imposición cultural o de sus "hombres".(sic)
Una monja elige ser monja y hay ordenes que se tapan la cabeza y otras que no.(sic)

amigo debes saber que el islam lo dicta.. para que la sociedda se mantenga limia y sin crisis de valores.. si en europa todas las mujeres ya no estan virgenes y ponen su imagen y sus fotos e ncadenas de internet.. en el mundo occidental la mujer ya no tiene sentido.. todas disfrutan edlsexo de manera ilicita.. no asi es el aniamL? la mujer musulmana lleva elvelo para no despertar malos pensamietos en los hombres sobre todo en los jovenes.. para no excitarles sexualmente!

el velo no solo lo llevan las musulmanas pero tambien las monjas.. pero las crtistianas respetan esta doctrina solamente en la iglesias!! pero las muuslmanas practican el islam en todos los lugares..y no solo en los templos..(sic)

En estos dos enlaces se leen opiniones opuestas. Aunque siempre respetables, claro. Pero, a mi juicio, atuendos de moras y cristianas, tienen mucho que ver con la debilidad del varón y su necesidad de imponerse (que no olviden los católicos que sus féminas eclesiásticas, por más que elijan servir a Dios como los imanes, los rabinos o los sacerdotes, no pueden escuchar confesiones ni perdonar pecados u oficiar misas o tocar hostias consagradas -salvo que no pertenezcan a la Iglesia Católica Antigua, llamada también Veterocatólica-. http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_cat%C3%B3lica_antigua Además, hasta hace bien poco, no sólo se cubrían la cabeza, también se rapaban el pelo). Y al igual que las novicias,  me parece que las damas del islam, en general, no se sienten obligadas, ni denigradas, ni discriminadas. Más bien perpetúan las costumbres de sus mayores como lo hacía mi abuela que, tal que todas las abuelas de su época, a partir de determinada edad, se vestía de negro.

Dicho esto, y a pesar de que no venga muy a cuento, no entiendo porque no se puede ir a estudiar si llevas chador o hiyab y sí, si vas con toca y hábito.

Si te he hecho creer que justifico la ablación, el burka, la clausura o cualquier violencia, incluida la llamada de género, o que voy de discurso feminista, has errado el tiro. Lo mío, hoy, va de otro palo: ¿la paja en el ojo ajeno? 

A éstos también parece que les viste el mismo sastre, ¿a qué sí? No obstante uno es devoto monje cartujo y el otro un venerable vecino de Marraquech. 
Que  yo sepa, nunca nos ha preocupado las sotanas, pero nos cuesta un montón digerir la chilaba moruna, ¡si hasta nos parece un mamarrachada!

Otro detalle a tener en cuenta: católicos, israelitas e islamitas comparten el gusto por el casquete (y me refiero al gorrito que, de otro tipo de casquete –aunque es posible que suceda lo mismo-, no tengo referencia), por el cordero pascual, por el pan ácimo (la eucaristía no deja de ser un pan sin levadura), los ayunos (no hace tanto los católicos comprábamos bulas papales para poder ponernos las botas), por el antiguo testamento…



En el caso de árabes y judíos las similitudes aumentan (su referente religioso es Abraham, ambas religiones practican la circuncisión, tienen prohibido beber alcohol, comer carne de cerdo y los dos de sacrifican a los animales –hala y kosher- de una manera muy similar, por ejemplo). También usan la misma manera de leer: empiezan por la última página, acabando en la primera y lo hacen de derecha a izquierda. Es bien probable que  aun tengan más analogías que desconozco.

Estas coincidencias vienen a reflejar algo muy antiguo que los fraterniza, que nos fraterniza a todos.

Y lo curioso es que, cada confesión, cuando menos, mira con recelo a la otra. La considera esperpéntica, impía. Desacredita sus tabús en favor de sus parecidos preceptos. Y digo “cuando menos”, porque cuando más, están zarpa la greña y llegan a las manos, a la guerra abierta.

(Al respecto, no estaría de más tener en cuenta que todos han practicado en algún momento algún tipo de guerra santa: Yihad, Sionismo, Cruzadas y, por si algo nos parece lejano, mencionaré también el conflicto del  Úlster.) http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_santa

Cierto que los árabes han perdido el esplendor y refinamiento a los que nos tenía habituados en la España mora (de lo que cabe aprender que la gloria es efímera y que, hasta los más altos, pueden caer –tampoco sé yo si esa exquisitez era aplicable a todas las clases sociales-.) Pero aun más indudable es que los bautizados hemos traspapelado el “amar al prójimo como a nosotros mismos”. 

Asimismo es verdad que, en nuestra sociedad, quizá porque cada vez hay menos vocaciones, se hace más  difícil ver, fuera de los días festivos, sotanas, hábitos, túnicas, chilabas, velos, tocas y alzacuellos.

(¡En menudo jardín me he metido otra vez!)

La paradoja es que, lo que presumimos que nos diferencia, en definitiva, nos descubre muy pero que muy parecidos. Iguales.


viernes, 3 de agosto de 2012

TOP MANTA: CONFUNDIRSE DE ENEMIGO


Tengo una amiga con la pata quebrada (para ser más exactos, las dos: una con un esguince y otra con una rotura) y en casa. Como en este momento le sobra tiempo, se entera de cosas y me las comenta.

Lo último ha sido la movida de comerciantes y policías del lugar donde resido, contra el top manta.

-Tu pueblo ha salido en la tele por el asunto del top manta- me manifiesta –. Han llegado a las manos, casi delante de tu casa.

A partir de 1 de Julio, lo más normal es que no me entere de lo que pasa delante de mis narices. Me parapeto entre mis cuatro paredes, a salvo de forasteros y calor, y sólo saco la nariz para lo más imprescindible.

Como hace tiempo que le doy vueltas al tema, se me acaban de despertar los ánimos del letargo estival, y le contesto que tengo yo ganas de escribir algo sobre ese asunto. Y me pongo a ello. 


Típico mantero, antes de que se produjeran los hechos. No parece que le vaya muy bien el negocio, ¿verdad?

Seguro que sabes qué es eso del “top manta”: se extiende una manta u otro tipo de lienzo en el suelo de una calle comercial muy transitada a pie, y se expone sobre él cualquier ejemplo de mercancía. Priman especialmente, copias de marcas de moda en gafas de sol, bolsos, perfumes, gorras, cinturones, camiseras, relojes, carteras, foulards…, también cedés de música y de películas acabadas de estrenar así como bisutería diversa. Los vendedores suelen ser africanos de distintos territorios que han llegado a nuestro país, utilizando transportes diversos, con el único objetivo de ganarse la vida. ¿Estamos? Y son más listos que el hambre.

Alguien, probablemente los macarras que los explotan, http://www.diaridetarragona.com/costa/069111/top/manta/mueve/cien/millones/euros/ano/litoral/catalan  les han explicado que la policía local no puede actuar en los 20 metros que distan del mar. En consecuencia han dispuesto entre ellos un sistema de vigilancia que avisa del peligro cuando éste acecha y, entonces, puedes contemplar ingeniosos artilugios que tirando  de unos hilos, rápidamente “cierran” los tejidos y los convierten en abultadas bolsas con las que corren hacia la arena. Allí, las fuerzas del orden pueden conversar, pero no se les permite arrebatar, ni la  libertad, ni la mercancía. O al menos eso parecía ser, hasta el 1 de Agosto.

A los tenderos de aquí, los oficiales, los llamémosles legales, les han comido el tarro gentes de la capital que, respondiendo a no se sabe qué intereses (desconozco quien los orquestó), han estado repartiendo panfletos en contra de los vendedores furtivos. Muchos establecimientos, los colocan en lugar preferente de sus escaparates, a modo de protesta. Porque están que trinan.

En estos tiempos de negocios precarios, lo único que falta son esos negros con sus baratijas y su competencia desleal.

El malestar de los detallistas pone nervioso al consistorio municipal y se monta la de dios es cristo. Todos a por los top manta. Menos los veraneantes, que optan por apoyar a los manteros.

Ya se sabe; calentar ánimos se hace en grupo y es contagioso: cinco heridos.

Hay que tener en cuenta que cuando no se tiene nada, poco, por no decir nada, es lo que se puede perder y el ayuntamiento sabe que pasados los primeros berrinches, los africanos tendrán que seguir intentado ofrecer su mercancía, por eso elige otro camino para  joder: sancionar a cualquiera que intente comprarles algo.

Y entendemos que los establecimientos de la zona, se sienten respaldados. ¡Por fin se han tomado medidas serias para controlar la situación! 

Fíjate, a mí me gustaría que alguno de ellos pudiera leerme, para recordarles a aquellos familiares (una gran mayoría de población los tiene) que se vieron obligados a dejarlo todo, ya fuera por móviles políticos o por motivos de hambre, y aventurarse en otros pueblos que no siempre les acogieron con alegría y de los que incluso a veces desconocían hasta el idioma.

Que nadie me objete que los españoles se fueron al extranjero con contratos de trabajo.

Algunos habría. Como los vendimiadores que  cosechaban en Francia al igual que los que tenemos recogiendo fresas en Lepe. Pero la inmensa mayoría se arriesgó a lo desconocido, a lo inseguro, buscando una mejor existencia para él y los suyos. Y al final, el objetivo era y es, tanto para los emigrantes como para los autóctonos, encontrar trabajo, hallar negocio.

Me gustaría que leyeran atentamente el pasquín que han colgado en su escaparate y me dijeran honestamente si cambiará algo cuando hayan erradicado a esos vendedores ambulantes. Seguirá pagando: 1- iva/  2- impuesto/ 3- alquiler/ 4- su seguro/ 5- ¿dará trabajo? (que yo sepa, y corríjame si me equivoco, sólo las farmacias, las ópticas, los estancos, las fruterías, las tiendas de alimentación y alguna –muy pocas- tiendas de ropa, tienen dependientes)/ 6- continuará no vendiendo falsificaciones/ 7- Ofrecerá las garantías que le proporciona su proveedor (y eso no es siempre una garantía)/ 8- su producto será legal, (¿se ha preguntado alguna vez cómo se legalizan los productos? Por otro lado, ellos tampoco venden droga)/ 9- no se esconderá de la policía (porque la policía no le persigue)/ y 10- No estafará. (¿Cree que ellos sí? y ¿En qué se basa?) 
  
Controvertido asunto. Pues, una vez estudiado ese papel, tendrán que admitir que se equivocaron de adversario. Que su situación no se transformará cuando ellos no estén. Que si quieren que eso suceda, tendrán que hacer algo más que perseguir negros por la jungla de asfalto o por las  playas.

Nos dejamos engatusar por cualquier cebo que nos pongan y nos distraemos de lo importante que es plantar cara a quien pretende atenazarnos con sus normas. Porque, como dice un muy buen amigo mío, todos somos top manta (o deberíamos serlo).

Ahora esos chicos perseguidos piden regresar a sus orígenes.

-Si no podemos trabajar, ayúdennos a volver a casa. Hemos gastado aquí, todo lo que teníamos.


En esa época, típica hucha del Domund
Piden la repatriación.

Señor, si no han cambiado los tiempos… ¡pensar que, cuando yo era niña, en las escuelas ya se recogían dineros para socorrer a los negritos de África!
A esto lo llamo yo, echar leña al fuego
P.D. Hoy, 3 de Agosto, a las 21:15 hrs., ya acabada mi disertación y contraviniendo mis normas de acurrucarme en el hogar, salgo a la calle y me topo con la pancarta de la izquierda. 

La Generalitat de Catalunya, como corresponde a un poder más, también pretende confundirnos. 

Que no se escondan, que no nos líen, aun que tiremos de la manta, su gestión nos ahogará.