martes, 13 de agosto de 2013

REMEMBRANZA INSUSTANCIAL

Que este no es mes para reclamaciones



Debo estar a punto de morirme porque de pronto recuerdo cosas que, de tan olvidadas, no sabía que un día pasaron aunque ahora las reconozca. ¿Y no dicen que cuando vas a dejar de existir desfila ante tus ojos, tu vida? En este momento me gustaría saber si se produce ordenadamente o si sus episodios te asaltan como en los modernos reproductores musicales que ellos solos, escogen piezas aleatoriamente de aquí y allá.

Si la opción primera es la válida, ya que se sitúa anárquica en mi memoria,  quiere decir que me encuentro en fase de preparación, que no ha llegado mi turno pero que estoy en la lista de espera. ¡Y qué tontería! Siempre he estado en la lista de espera. Como todo el mundo. Nada ha cambiado. No hace falta ser ningún “google” para estar al tanto.

No se trata de algo trascendente. Ni insólito siquiera. Tan poco importante, que no se siquiera porque me da por relatarlo. ¿Estaré contagiada por la frivolidad del verano?

Por lo que sea, ahí va.

Hubo una época en que me gustaba la vida bohemia. Pero pesaban sobre mi tantos deberes que sólo podía practicarla los días de fiesta. Entonces me desmelenaba y me vestía íntegramente de negro. Mirado hoy, podría decirse que era como mi disfraz preferido (¿o en la vida cotidiana llevaba un disfraz obligado?) Lo mismo da; el orden de los factores no alterará el producto: yo. 

En aquel tiempo, frecuentaba un bar sin nombre porque en el rótulo de la calle sólo se leía bar. Los clientes le llamábamos Can Quimet (Quimet era el propietario) o  Las Guitarras.

El local exhibía muchas guitarras colgadas por las paredes, de ahí el apodo, además de fotos dedicadas de famosos que un día, probablemente glorioso, visitaron el lugar, así como de castañuelas, flautas, panderetas, el saxófono, la trompeta… También un piano bastante afinado, todo a disposición de la clientela. Y, en su techo, copiando un cielo estrellado, titilaban falsos caramelos (eran monedas de las propinas que Quimet clavaba con ayuda de un largo palo) envueltos en papel de celofán de vistosos colores que, en verano, gracias al ventilador, parecían revoloteadoras mariposas.

-¡Quimet! -le preguntábamos-, ¿alguna vez  has recaudado todo lo que tienes sobre la cabeza?

- No. Ya llegará el día –respondía-. Entonces arrancaré todo la que veis ahí, cerraré el bar y me haré un viaje inolvidable. 

En realidad era un tugurio, pero la evocación me ablanda. Para entrar había que bajar unos escalones e irrumpías en la sala, de una dudosa limpieza, con sus mesitas redondas de mármol y sus sillas de falso thonet.  La barra estaba situada a la derecha. Y, un poco más allá, tras la puerta pintada de gris desconchado, una letrina unisex, inmeable.

Mi reconocimiento no alcanza a cómo llegue allí o quién me llevó, pero sí tengo muy presente que los clientes habituales, a pesar de los pesares, adorábamos el  lugar. Nos sentíamos a gusto en él.

Frecuentado por guitarristas, pianistas…, intérpretes y músicos en general sin instrumento (usaban los de la casa), por poetas, pensadores… Destacaban especialmente: un quiromántico, un gurú con dos o tres seguidores, un director de cine de vanguardia con  su actor emblemático y un trío formado por un tal Rojas, su mujer y una poetisa que tenía tan buena voz, que acabó siendo corista en la ópera.

¿Y qué pintabas tu ahí?, te preguntarás.

Yo, que secretamente componía algún poema libre –nadie ha leído ni uno-, me sentía atraída por ese ambiente “intelectual”, tal vez esperando que un día me atreviera a mostrarme sin temor a los juicios o al fracaso,  y, como tenía una buena dicción y sabía interpretar los emociones y pasiones de aquellos poetas, leía en voz alta sus versos.  Y así me designaron su rapsoda.

No puede decirse que Quimet se ganara muy bien la vida con nuestras consumiciones, ya que una nos duraba horas y horas, pero también es cierto que, de alguna manera, nosotros éramos una  parte importante para el reclamo de su establecimiento. Siempre entraban no habituales con un poder adquisitivo decente, que después de entender las características del entorno, salían satisfechos (-he hecho un descubrimiento…-) dispuestos a divulgarlo entre sus amistades. 

Hazte una idea: cuando tú accedías a él, podías encontrarte conmigo recitando, acompañada por un suave tema ejecutado al piano. Después, a la guitarra, alguien interpretaría el Romance Anónimo o uno de esos sonados  conciertos de Villa-Lobos, mientras desde una mesa vecina el señor bigotudo de ojos intensos te preguntaba: ¿Quiere que le lea las líneas de su mano? No voy a cobrarle nada. Y, si accedías, acababas invitándole a un cortadito.  A lo mejor el gurú te bendecía con alguna sentencia incomprensible. Ahí no se necesitaba crear ambiente con hilo musical. Además, con suerte, podías coincidir con el propio Quimet tocando un instrumento porque los conocía todos. Nosotros no  sabíamos de donde le venía su virtuosismo, ni a qué se dedicaba en su pasado.

No he explicado a Rojas, aunque sea punto neurálgico de esta historia.

Él era un tipo moreno de mediana estatura con una personalidad, tan fuerte y envolvente, que te parecía que alcanzaba los dos metros, a pesar de ser cojo y llevar un alza considerable en el zapato. Encantador, su singularidad hipnótica, nos arrastraba a todos.  

Se dedicaba a organizaba charlas, audiciones y recitales para mayor disfrute nuestro: hoy, una velada poética en el Café de la Opera, mañana una disertación, con coloquio, de “Extraterrestres entre nosotros” en las Granjas Royal, pasado una selección musical en Jamboree… Y no sé cómo hacía funcionar su negocio ni en qué consistía, con que no me preguntes. 

Como te decía, iba siempre acompañado de su mujer, guapísima y temperamental, a la que yo no caía bien, que ejercía de esposa y no se despegaba de él, con que no entiendo cómo pudo pasar lo que pasó. Solían  ir con María, la poetisa que fue cantante (aunque, curiosamente, nunca nos cantara a nosotros). Por eso cuando María se marchó, además de echar en falta su pluma, parecía que faltara algo más. Se murmuraba que había decidido probar suerte en Madrid, donde tenía unos parientes, pero la verdad es que nadie sabía nada con certeza, ni siquiera el matrimonio.

El regreso de María fue de lo más celebrado. Se reincorporó para  recrear el de nuevo indisoluble trío. Y entabló, mira por donde, una cordial amistad conmigo.

-He tenido un hijo –me comentó cuando intimamos más.

Se me sinceró. Me refirió cómo se reía por dentro cuando la mujer de Rojas le hablaba de los celos que me tenía a mí, cuando era de ella de la que tenía que tenerlos.

-Ella aguanta fatal los trasnoches de esta vida bohemia y hace unas siestas profundas e interminables. 

Se ve que, mientras la mujer dormía confiada en la amiga inseparable, su consorte y María, copulaban sin freno por cualquier rincón de la casa.

-Al niño lo he dado en adopción. Está con una buena gente y yo, que hago ver -y así será siempre- que soy amiga de la familia, puedo ir a visitarlo cuando quiera.

No es que sea puritana, no, pero la traición me dejó sin palabras. Aun agregó:

-No se lo digas a nadie. Ni siquiera Rojas sabe que ha sido padre.

¡Menudo culebrón!

Y así fue como me quedé,  no sólo callada, si no también amnésica.

Hasta hoy.

¿Será el calor de este extraño mes de agosto, o será esta mi vida que quiere abrirse paso para desfilar ante mis ojos?


martes, 16 de julio de 2013

Amor Vegetal

A una mujer, cuando uno no sabe qué regalarle, siempre y cuando no esté lo suficientemente motivado como para obsequiar el abrigo de visón, el anillo de diamantes, o el Ford Mustang, se  le compra o una caja de bombones (fatal para la línea), o un ramo de flores. Por si acaso quieres cumplimentarme con un presente, omite, por favor, el ramo de flores y sustitúyelo por una florida maceta con raíces. Y, aunque no viene a cuento, tampoco apreciaré el abrigo de visón, no vayas a creer. De todo lo otro, incluidos los bombones, podemos hablar.

Leí una vez que los auténticos aborígenes australianos respetan a las flores porque las flores son génesis de simientes y frutos. Sólo en caso de graves enfermedades se permiten recolectarlas para elaborar algún ungüento o pócima curativa. No es que yo pretenda seguir esa filosofía. Es más bien que me parece como triste: la vida es efímera en una flor cortada y no tiene después. A lo sumo será prensada, aplastada aun hermosa, por entre las páginas de un grueso libro (y lo escribo convencida de que se trata de una opción romántica y demodé que probablemente –salvo las artesanas que montan cuadritos para vender en los mercadillos-,  ya no practican ni las damas más ancianas y nostálgicas).

Cuando paseo por esos majestuosos jardines tan bien trazados, con árboles esculpidos, con ramas forzadas para conseguir la estética figura imaginada por el diseñador, con especies tan armónicamente agrupadas por sus premeditadas flores y sus matices de color, con los requetedibujados – y tantas veces laberínticos- senderos de sombras y luces deliberadas por un paisajista reconocido, todo ello potenciado por la sutil banda sonora de los gorgoritos del agua en fuentes o cascadas inducidas, siento admiración y aversión al mismo tiempo.

E igual me pasa con los bonsái, esos arbolitos de origen chino adoptados por el Japón y, hoy en día por todo el mundo, enanos a base de tesón y poda. No puedo evitar compararlos con la tradición de los pies vendados y torturados de sus mujeres en función de una superflua belleza. Y, tirando de este hilo, también los relacionaría con tantas y tantas operaciones de cirugía estética.

Incapaces de digerir, entender o valorar la seducción de lo originario, de lo que es por definición, por cuna, sólo nos satisface su manipulación. Necesitamos recrearlo, como si quisiéramos dar una lección a la naturaleza: “Nosotros lo hacemos mejor. Nos sale más bonito. Perfecto.”

Quedamos pues que a mí mejor me obsequias con una maceta. Y, no me lo digas, porque ya lo sé: eso es en cierto modo una incongruencia. ¿Qué tiene de auténtico una planta cautiva así? ¿Acaso existen bosques, junglas o selvas de tiestos de un modo espontáneo?

En mi descargo te diré que es la manera que conozco (¿egoísta?) de acercar vegetación y lozanía, sin excesivo trauma por parte de ellas, al cemento de nuestros hogares.

Las plantas nos procuran un plus de oxígeno. Podríamos decir que, si no fuera por ellas, no lograríamos respirar. Y eso, por poco, es contradictorio porque hay ejemplares tan bonitos que casi te dejan sin aliento.

Yo no tengo variedades muy espectaculares, pero las quiero igual. Y es verdad que, como pasa con los niños, te gusta verlas desarrollarse y crecer. Te emboba el capullito que de pronto descubres en la punta de un tallo, escondido entre el verdor del follaje. Y, casi instintivamente, lo vigilas para controlar como progresa y engorda, procurando que nada interrumpa su proceso. De cuando en cuando, deslizas delicadamente tus dedos por su contorno en un cómplice mimo. Y cuando al fin culmina y estalla, ¡qué alegría!, los ojos y el corazón se te llenan de su color.

-¡Mira, mira! Ya tiene una flor.

Se la enseñas a todo el que viene, orgullosa, como si fuera de tu familia. Y sí, esa flor como ha nacido contigo, es algo muy tuyo, algo de ti.

¿Y las hierbas aromáticas? Cómo me gusta pasar dulcemente la palma de la mano por el desorden de sus hojas en “vuelo rasante”, sólo por el placer de ventear su aroma por la habitación y conservarla aun unos minutos entre los dedos.

Así he logrado mantener una buena relación, y bastante estrecha con (no quisiera olvidarme de ninguna por no herir su sensibilidad) ficus, potos, yerbabuenas, albahacas, romeros, orquídeas, buganvillas, aspidistras, yucas, geranios, cactus, aloes veras, lavandas, rosales, margaritas… Y como el roce hace el cariño, a fuerza de vivir juntas y respetarnos, hemos creado un vínculo bien parecido al amor.

Te voy a contar algo que seguramente no te vendrá de nuevas: las plantas también sienten. Les gusta la música. Agradecen que las hables, que las expliques cosas. Necesitan que las limpies, que las cuides y protejas de enfermedades… Al estar recluidas, requieren más atención. No se quejan, pero se mustian.

No se si te pasa como a mí, que a veces me despisto y me olvido de ellas, pero en cuanto les das un chorrito de agua, no sabes cómo se animan y te lo agradecen. A ti, que eres su compañero.

Es bien verdad que, cada año, alguna de estas especies me abandona largas temporadas dejando melancolía y desnudos tallos como testimonio de que la mía es su casa y que por eso, algún día regresará. Pero yo acato las condiciones de nuestra estrecha relación y me comprometo a cuidar y mantener su territorio limpio y con los nutrientes necesarios para que no le falte nada cuando regrese. Es más, espero impaciente e ilusionada su retorno. 
   
¿Crees que son patrañas o alucinaciones?

Déjame que te explique: cuando soy yo la que me ausento por un tiempo, siempre dejo a alguien de confianza al cuidado de “mi vergel”. Se con seguridad que se las mima, pero aun así las plantas van perdiendo frondosidad y verdor. Día a día, son atacadas por despiadadas plagas de pulgones, cochinillas y otros insectos malignos. Si están en  flor, de repente van escupiendo uno a uno todos sus pétalos y terminan. En una palabra, se llenan de tristeza y, si no llegas a tiempo, más de una puede morir de desesperación.

Si una de mis plantas fallece, no me es indiferente. Para mí es un fracaso, un sinsabor… No he estado con ella, ni he sabido darle lo que necesitaba. Pero si la veo renacer a mi regreso, si advierto como la sabia vuelve a circular por sus órganos y adivino su verde sonrisa, se que hemos regenerado nuestro sólido lazo: nuestro amor vegetal.

martes, 18 de junio de 2013

VIAJE HETEROGÉNEO

Estoy diciéndome calma, calma, si no es éste, será el próximo, pero el pulso se me acelera, aprieto el paso, me ahogo, jadeo, hiperventilo… ¡se me escapa!

Cada vez la misma historia que podría explicarse si estuviéramos hablando de un ferrocarril de largo recorrido que no volverá a pasar hasta mañana. Mi ansiedad está motivada por un tren de cercanías que circula, máximo, cada media hora y que, para colmo de simplezas, ni siquiera tengo una cita a la que necesito ser puntual. Salgo de casa con la firme voluntad de caminar serena y pausada, pero a medida que me acerco a la estación, voy inquietándome y prácticamente corro sin respiración.

Lo mío es lo que debiera llamarse el síndrome de “voy a perder el tren”. Y  no tiene cura. Lo digo con conocimiento de causa porque lo he probado todo: distraerme, engañarme, tomarme pastillas para la ansiedad, ir acompañada, incluso hablar con un psicólogo. Razonar, razonar y razonar… Nada. No me moriré de ello, pero moriré con ello.

Algo debe tener ese vehículo para que además se filosofe con él. Uno puede “perder el tren” ante cualquier acontecimiento al que no tenga ánimo de enfrentarse o al que ya no llega a tiempo de hacerse con él. ¿Será esa la lectura de mi reacción?

Nunca se me ocurre pensar que el avión volará sin mí. O que el autobús cerrará sus puertas en mis narices. O que el barco retirará la pasarela antes de que yo llegue… Ahhhh, pero perder el tren, perder el tren… Eso son palabras mayores.

Pues bien, he llegado. Aquí estoy plantada en el andén. Y hasta tendré que esperar la aparición  del convoy, también como siempre. Porque, en definitiva y paradójicamente, no recuerdo que se me haya escapado un tren en toda mi vida.

Y ahora viene lo que realmente quería explicar… Pretendía hablar de la diversidad viajera en un transporte de cercanías, en absoluto comparable a ningún otro  medio de locomoción urbana, interurbana o internacional, por tierra, mar o aire.

La megafonía anuncia su llegada por la vía 2 y lo veo acercarse. Una vez he entrado en él, elijo un asiento orientado en el sentido de la marcha, junto a la ventanilla. E inmediatamente me rodean tres chicos de dieciséis o diecisiete años, poco más o menos, con moderna indumentaria rapera que empiezan a hablar a voces. Es una conversación pendenciera como la de los malos en una película del oeste. Se ve que son unos chulitos que quieren hacerse notar pero a mí me dan escalofríos.

-¿Sabes el Manu? Pues le di un par de guantazos cuando menos se lo esperaba. Ese tío me pone de los nervios.

-A mi me han soltao esta mañana. He estao dos días en ese cuartelillo de poca monta, acusado de armar camorra.

Desde otro asiento que no logro ver, se oye, a dúo probablemente con la  pasajera que la escucha desafinando un montón, un tema de Shakira. 

 -¿Dos días sólo por eso?

-Y porque no podían quedarse conmigo más. No es legal. –engola la voz:- Sal de este pueblo que no te vea yo más por aquí, me ha chillao.

Con gusto me pondría de pie y me cambiaría de sitio. Pero confieso que me dan miedo. No vayan a malinterpretarlo. ¿Qué digo? No vayan a interpretarlo como lo que es: una huida en toda regla.  Me encojo, abro un libro y finjo leer, incapaz de concentrarme.

El que lleva la voz cantante, da una orden:

-Vosotros bajaros aquí, que yo me voy hasta Barcelona a tener unas palabritas con ese pavo, –se carcajea:- Como no tenga aprendida la lección, le pincho, os juro que le pincho. A ver qué pasa con las papelinas, que de mi no se ríe nadie.

Suspiro aliviada ya que, él mismo, también se ha marchado decidido ocupar otro asiento.

Las plazas, aun calientes, son ocupadas por una madre joven, su hijo, un chico de unos catorce años y un gran bolso de viaje. El niño es un pesado que reclama constantemente la atención de mamá:

-Mamaaaa, ráscame la espalda, mama.

Y no calla.

Para mi sorpresa, la madre le tumba boca abajo sobre su regazo, le sube la camiseta y le masajea el dorso en amorosa caricia llena de sensualidad.

Me digo tú a lo tuyo y, ahora sí, me centro en la lectura. Por poco rato. Tras de mí, una voz masculina se está lamentando de sus condiciones laborales y otra reclama a chillidos un pedido de folletos por medio de un teléfono móvil.

Al otro lado del pasillo, una señora de mediana edad que masca chicle,  teje a ganchillo, ajena a todo, con una pericia envidiable. Es una labor primorosa y avanzada que certifica horas y horas de dedicación. 

Una voz monocorde y apática se me está acercando. Pertenece a una casi chiquilla morena con aspecto de rumana que probablemente no sabe lo que dice. Se ha aprendido las frases de memoria y no le pone ningún sentimiento. Lleva  un bebe en brazos  y lo que explica es que como no tiene trabajo, no puede comprar leche ni pañales para él y que, además, ha de cuidar de unos padres ancianos y enfermos. Los pasajeros de este vagón no le hacemos caso. Tal vez tenga más suerte en el próximo.

En este ínterin, madre e hijo han cambiado las tornas: ella descansa sobre las rodillas del muchacho y él le rasca la espalda a ella.

No sé. Me da una sensación…, incestuosa. Mal pensada, no juzgues: tú a lo tuyo.

Es como ese chaval que ya es la tercera vez que le veo meterse en el lavabo: entra desmadejado y sale eufórico y con los ojos brillantes. Parece que se hubiera hecho una paja o fumado un porro o esnifado cocaína.

Vale ya. Tú a lo tuyo.

No hay duda, eso que oigo es un acordeón. Debe ser alguien del Este, interpretando una melodía muy triste. Recuerdo fragmentos de su letra: “cuando tú te hayas ido me invadirán las sombras…Y en la penumbra vaga de la pequeña alcoba…me acariciabas toda…”. Y la música llora y llora.

¿Y este qué quiere? Va dejando un papel escrito en la falda de cada uno de los pasajeros, sin mediar ni una sola palabra. Cuando llega al último del compartimento, desanda el camino y los va recogiendo. Casi no me da tiempo a leerlo de reojo, porque ninguno queremos comprometernos tocándolo. Escribe que es un maestro que ha sido despedido y que tiene dos hijos por criar y una mujer en el paro.

Cielo santo, qué difícil es la solidaridad. ¿Qué se supone que podemos hacer nosotros con unas pocas monedas y tanta gente pidiendo algo?

Hubo un tiempo en que realizaba este recorrido cada día a la misma hora, como muchas otras personas que estudian o trabajan fuera de su localidad.  Entonces resultaba que en el andén te encontrabas con las mismas caras. No era de extrañar que se te acercara alguno y te comentara lo mucho que le gustaba tu color de pelo y que ya se había fijado en que leías libros muy interesantes. No era nadie que quisiera ligar, no vayas a pensar. Era alguien que le apetecía hablar para hacer su recorrido más corto. O más enriquecedor.

Yo misma trabé amistad con un muchacho de unos 14 años, estudiante, que se apeaba en Vilanova. Un día se me acercó para preguntarme hasta donde iba yo,  ya que me veía seguir en el tren cuando él lo dejaba. Desde entonces, cada vez que me localizaba se sentaba a mi lado y se pasaba el trayecto hablándome de sus estudios, de sus padres, de sus amigos, enseñándome dibujos hechos por él y haciéndome preguntas.

En otra ocasión coincidí, repetidas veces con un hombre de mediana edad que sacaba de una mochila una cámara de fotos muy profesional y retrataba a una pareja algo madurita demasiado acaramelada para serlo de hecho y que, por supuesto, no se enteraba de nada aunque siempre convergieran con el fotógrafo (y conmigo, claro). Deduje que era un detective contratado por el marido de ella o por la esposa de él. 

Ya ves, podría escribir páginas y páginas (pantallas y pantallas) con todo el batiburrillo que se observa viajando en un tren de cercanías. Ese que se me escapa.




sábado, 20 de abril de 2013

LA CAJA DE LOS ÁNGELES

Narración tardía de Navidad

Esta historia empezó hace algunos años un buen día que descolgué las cortinas que me aíslan del exterior para lavarlas. El paisaje me golpeó sin remedio: mucho más crecido de lo que yo lo recordaba desde dentro, grandilocuente, seductor… Como era invierno, entró el sol y se fue apropiando del espacio, animando todos los objetos, tonificándome con su abrazo.

-¡Qué prodigio! –me dije a mí misma- Las limpiaré, pero no vuelvo a colgarlas.

Los amigos me decían:

-No sabes lo que haces. Se te estropearan los muebles, se te quemarán los cuadros…

Y tuvieron razón. Pero a mí no me importaba porque la luz me llenaba de alegría, al tiempo que al paisaje lo veía como la mejor apuesta por la decoración de mi casa.

Así que me quedé con el espectáculo, la iluminación y muchas anillitas de las que no pendía nada. Momentáneamente.

Se acababa el año y, en consecuencia había que recrear fiestas.

Normalmente, compongo los cuatro tiestos que tengo en la terraza como si fueran clásicos árboles de Navidad. Es mi insulsa contribución a lo no tala de árboles y, además, a mi me gusta el resultado. Encuentro que queda gracioso. Pero, esas navidades, con todos aquellos círculos vacios que parecían estar pidiendo una razón de ser, se me ocurrió que podría ocuparlos con motivadores adornos.

No me hagas explicarte como llegó a mis manos el primer ángel colgante y cómo me robó el corazón, porque no me acuerdo. Era de cristal y tocaba una trompeta apocalíptica. Eclipsó cualquier otro tipo de ornamento. Y fue el disparo de salida para ir montando mi ejército celestial. Así tomé la decisión de que, de aquellos redondelitos, sólo pendería una corte seráfica.

No vayas a creer que se trataba de una tarea fácil. Sólo encuentras ángeles para colgar, en Epifanía. Y los modelos son limitados. Eso sí, cada temporada se renueva el parque. El resto del año, los ángeles viven en tiendas de velas e imágenes religiosas, y no son de pender.

Ya pasados los Reyes, cuando devuelves a la casa su anterior aspecto, decidí indultar a mis alados amigos y dejarlos allí, suspendidos frente al cielo azul o la noche estrellada. Los nombré mis compañeros del día a día.

-Es posible que hasta me protejan de adversas vibraciones y malos espíritus-, me dije a mi misma. –Eso es un plus. 

De ese modo, todos los diciembres, si un ángel me seducía, lo compraba. Y no sólo era yo;  los amigos, sabedores de mi nueva pasión, ¡me regalaban ángeles!

Los tenía de los más variados aspectos, actitudes y materiales:
cerámica, rafia, papel, ropa, fieltro…, gordos, flacos, bellos, cómicos, abstractos, minimalistas… También de varias categorías: ángeles, arcángeles, serafines, querubines… Podían volar en diferentes posturas, leer una partitura, tocar la flauta, el acordeón, la trompeta, la guitarra, el violín, la pandereta, la zambomba… Los pendía a distintas alturas y, cuando todos los espacios estuvieron ocupados, les hice sitio y de una anilla descendían, escalonadamente, tres o cuatro alados, por lo menos.

Los visitantes se quedaban asombrados y exclamaban:

-¡Ooooh! Qué original.

El diciembre pasado ni siquiera veía a mis ángeles. Ya se me habían incorporado al entorno sin remedio, por lo que no sumé ni uno más a la colección. Lo que si vi con un cierto incomodo, es como sus sombras se proyectaban sobre el suelo, las paredes, los muebles, las pinturas, las fotografías de los seres queridos… Eran como un enjambre asfixiante que se apoderaba de todo, incluso de mi. Los notaba sobre mi piel, sobre mi ropa, enredados en el pelo… Me obligué a ser consciente de esa presencia colgante y comprendí que era otra cortina sobre mi horizonte. 

-¡Me estáis tapando la luz y el mundo!- pensé.

Me acerqué y los miré atentamente. Habían perdido muchas de sus facultades. Me di cuenta que sus alas eran como las de Ícaro, deshechas por el sol. Sus ropas no habían tenido mejor suerte, descoloridas y frágiles.

Fui a buscar una caja de cartón, me subí a una escalera  y, con sumo cuidado, fui cortando el hilo que les hizo volar y fui guardándolos con pulcritud. (Siempre he creído que si has amado realmente a algo o  a alguien, le debes un respeto, porque también te lo debes a ti mismo).

Y el sol desenfrenado e ininterrumpido volvió con el paisaje.

Para evitarme la tentación de  ponerme a coleccionar, pongo por caso,  ángeles caídos colgantes (que por cierto serían bastante más difíciles de conseguir que los benditos –piénsalo si no-), desmonté la barra con las  anillas. 

Calculé cuando pasaría el camión eléctrico que recogía cartones y allí puse la caja. Pero me quedé atisbando porque me creía en cierto modo, responsable de su suerte y sentía dentro de mí como un remordimiento: ¿qué sería de ellos?

Al poco rato llegó el camión silencioso. De él bajó una mujer con gesto adusto, un cabello muy corto y oxigenado  y  unos guantes desproporcionados y bastos  enfundando sus manos. Empezó a recoger los cartones plegados, dejando mi caja para lo último. Cuando sólo le quedaba ella, la abrió, se quitó una manopla y atrapó uno de los ángeles. Su expresión se dulcificó. Lo volvió a guardar y, con expresión satisfecha, se llevó el conjunto con ella a la cabina. Después reanudó la marcha hasta una próxima pila de cartones.
Interpreté que para ella aquella caja había sido un regalo del cielo.

Moraleja: cortinajes, demonios o ángeles te pueden tapar el sol (siempre eres tu quien lo provoca). Y, lo que a ti un día te tapa el sol, a otro le da luz.









jueves, 28 de febrero de 2013

Mis Muertos Vivientes


In memoriam

Si se nace, se muere. No imagino que nadie pueda discutirme eso. Luego, si se quiere y quien quiera, podrá plantear eternidades (Antoine-Laurent Lavoisier: “La materia no se crea ni se destruye sólo se transforma”) según sus escepticismos o  sus creencias. Justamente las mías empezaron a tambalearse ante las contradicciones que me parecía descubrir en la religión católica, apostólica y romana, credo en el que había sido educada.

Tenía más o menos once años y en mis entendederas no cabía la desesperación de los familiares de un ser querido que dejara de existir. Me decía: no era mala persona, por lo tanto no irá al infierno. Y si va al cielo, ese sitio en que se está tan bien y en que lo tienes todo además de estar al lado de Dios, ¿por qué no estamos contentos?

Claro que a aquella edad, sólo se me había muerto un pájaro. Y me dolió tanto que no paraba de llorar. Entre otras cosas, porque mi religión no tenía previsto un paraíso para mascotas.

Aun hay otra realidad que considero incuestionable y es que uno va creciendo y que, en el proceso, va acumulando bastantes dudas, un montón de experiencias y cadáveres. Muchos cadáveres.

No sé si les evoco o si son ellos los que reclaman mi atención porque, de pronto, sin venir a cuento, noto a mi abuelo (mi primer muerto humano) haciéndome tropezar con caramelos. Veo a tía Josefina rellenando esa pintada que cocinaba como nadie. Escucho a mi padre hablándome del alma. Me miro al espejo y me devuelve la imagen de la abuela que se pone sus aretes cada día, porque explica que una mujer sin pendientes es como un burro sin orejas (¿). Oigo, aun con muchísima tristeza, a mi madre que me dice que ya va siendo hora de irse. Y ahí está también mi elegante e impecable amigo Jesús, muy delgado ya, casi etéreo, horrorizado por mi poco convencional indumentaria…

Entiendo bien a uno de mis suegros, que descanse en paz, cuando manifestaba que uno empieza a saber que se está haciendo viejo, en el momento en el que ve como fallece gente a su alrededor que ya no son sus mayores, si no sus iguales.

Aunque sé que todavía tengo muchos amigos vivitos y coleando,  este fin de año se han producido más bajas. Y todas seguidas.

Se fue mi amigo Toni, el que influyó para que me metiera en este espacio. Sí, el del que hablo en los datos personales… Junto a Toni y a otros compañeros, y no sé si ellos lo supieron nunca, experimenté el valor de las pequeñas comunidades frente a las desalmadas urbes. Comprendí por qué los pequeños países, como los nórdicos por ejemplo, se gestionan mejor: en las colectividades medidas, las desigualdades sociales se pueden igualar más fácilmente con la aportación de todos, las corrupciones quedan demasiado evidentes para ser soportadas y, en consecuencia, sus gentes puede estar más y mejor realizadas. Se fue mi amigo Toni, un día después iba a cumplir años, y aun está en mi memoria su voz insistente: “Escriu Maïa, escriu”.

También partió mi amiga Conchita, la de la infancia, la de tantos y tantos momentos escolares, la que tuvo un oído portentoso que no quiso oír (le tatareabas una melodía y ella la interpretaba con cualquier instrumento musical que pusieras en sus manos).  La que era más amiga de los animales que de las personas… Se la encontraron después de Navidades, de sus solitarias Navidades, tirada en el suelo rodeada de sus perros. Dicen que llevaba cuatro o cinco días muerta. ¡Cómo me sobrecogió su patético deceso! Ya lo sé, ya lo sé. Todo el mundo muere solo. Es un acto personal e intransferible. Íntimo. Pero con gente a su alrededor que intentará acompañarle. Me reconforta pensar que, en su desolación, estuvo con los que más quería: sus animales. Y la escucho reírse, reírse de ella misma, sorda a sus aptitudes sinfónicas.

Se marchó Moisés Broggi, el doctor Broggi. Probablemente le había llegado la hora, porque tenía 104 años de humanidad, de enterezas y conocimientos. A él, no me vinculaban lazos de amistad, sólo me unían sentimientos de admiración, respeto y agradecimiento, (y digo sólo, porque en definitiva a mis amigos también los admiro, respeto y agradezco su camaradería). El doctor Broggi salvó a mi hija y uno no puede borrar de la memoria un hecho así. Le veo junto al lecho preocupado por la reacción de su paciente, intentando animarme: es joven. Saldrá de ésta.

Para acabar de estigmatizar al pasado mes de diciembre, justo en ese mes, empecé a oír hablar de los primeros suicidios relacionados con la crisis en la que estamos sumergidos. Y aunque no conocía a esas personas y en consecuencia no podía quererlos, me abrumó tanto todo su sufrimiento, impotencia y desesperación, que no pude por menos que ponerme en su lugar y notar el peso de un futuro ahogado e hipotecado de por vida, el vacío de su paisaje sin horizonte… Y yo fui ellos. Soy ellos.

Deseo que en la otra vida, cada uno de ellos haya alcanzado lo que esperaba encontrar: el descanso, el paraíso (tal como lo había soñado), la evolución, la reencarnación, la transformación, la nada, el todo…

“Deja que los muertos entierren a los muertos”, Mateo 8:21-22.

Aunque debiera olvidarme de ellos, no puedo olvidarme de ninguno.

Subsisten en mi: mis muertos vivientes.

Y no sé. No sé si soy yo quien les evoco o son ellos que no quieren abandonarme.

“Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando”. Rabindranath Tagore


martes, 1 de enero de 2013

“Las promesas de los políticos no comprometen en absoluto a los propios políticos que las hacen, sino a las personas que se lo creen”


Mi amigo José María el viajero, ese que vive en el pequeño pueblo de Montarnaud, el que cría gallinas de vistosos colores que ponen deliciosos huevos, el que colecciona grandes piedras de curiosas e inquietantes formas –esculturas cinceladas por el tiempo-, rocas de cualquier pedazo del mundo, ese que cultiva en su huerto un ejemplar de olivo de cada rincón olivarero de España y variadas especies de tomates de simientes antiguas y sabrosas carnes, ese que ama trabajar la tierra, me hace llegar el enunciado del título, con el fin de darme pie para que siga escribiendo en mi blog. 

Apunta exactamente:

He oído una frase en este país que espero te pueda servir para hacer uno de tus artículos que hace tiempo no he tenido el placer de leer:

“Las promesas de los políticos no comprometen en absoluto a los propios políticos  que las hacen, sino a las personas que se lo creen”

Y, mira por dónde, después de tanto desencanto, frustración e impotencia que me dejaron sin palabras, tomo el testigo y vuelvo a decir.

Desconozco qué boca se expresó en semejantes términos, ni dónde quería conducirnos. Porque esa sentencia, para mí, tiene varias intenciones que van en consonancia con el tono y con los labios que las articulen.

Trataré de poner algunos ejemplos:

Si la expresó un filósofo, entenderemos que fue fruto de una sesuda y serena reflexión sobre el comportamiento del ser humano ante acontecimientos tan destructivos para su crecimiento como tal. Por supuesto, el sabio habrá valorado antes los años y años, los lustros, los siglos, en que se ha educado a los creyentes en ignorancia, sumisión, temor  y castración. El estudioso expone una evidencia.

Si la pronunció un poderoso con inflexión condescendiente (¡ah! si fue un poderoso…), entonces está tratando de exculpar a su clase. Y, ya se sabe, la mejor defensa es un buen ataque. La frasecilla de marras, pasaría a engrosar el saco de “pueblo tu eres el pecador”, donde amontonan, aprietan y esconden todas sus propias incompetencias, rapiñas y cinismos, ávidos de lavarse las manos incriminando a las gentes mentidas.

Si la voceó un ardoroso cabreado, pretendía hacerle reaccionar al oyente, con la intención de encender los ánimos para pasar a la acción. “Te prometerán todo lo que tú quieras oír y, como necesitas que sea cierto, posibilitarás su promesa: “se insumiso”,  “deja de aceptar y rebélate”, “deja de votar, pueblo, y toma el poder”.

Tal vez sea bueno que me detenga aquí.

No sé de qué materia estamos hechos, que logramos confundimos con nuestros propios deseos.


No sólo los políticos nos prometen y nos comprometen, también lo hacen los industriales (cremas adelgazantes, reafirmantes, rejuvenecedoras, crece pelos…, etc., detergentes que lavan a cual más blanco, tejidos que no se planchan…), los banqueros (participaciones preferentes con altos rendimientos), las religiones… Yo diría que tenemos tantas ganas de adelgazar, reafirmarnos, rejuvenecernos, no perder ni un cabello, tener la ropa más blanca del mundo, no planchar, rentabilizar al máximo los cuatro duros que atesoramos, alcanzar de alguna manera la inmortalidad, que estamos preparados  para dar crédito a la realización del cambio. 

Claro que antes, probablemente, nos crearon  la necesidad de no ser gordos, ni fofos, ni calvos, ni viejos…, y nos atiborraron de imputs con una educación basada en los Cuentos de Hadas, Superman y Walt Disney.

Ya crédulos, sólo tienen que investigarnos someramente para poner en evidencia nuestro “tendón de Aquiles” y así ofrecernos todo aquello que queremos lograr.

Visto así, tendremos que aceptar que sí, que de acuerdo, que los comprometidos son las personas que creen en las promesas de los políticos, de los industriales, de los bancos y de las religiones.

Pues mira, a propósito de falsedades, deja que te refresque esta fábula de Samaniego que seguro conoces: 

El zagal y las ovejas

Apacentando un joven su ganado,
Gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor! que viene el lobo, labradores.»
Éstos, abandonando sus labores,
Acuden prontamente,
Y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
Segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el Zagal se desgañita,
Y por más que patea, llora y grita,
No se mueve la gente escarmentada,
Y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta de un engaño,
Contra el engañador el mayor daño!

No me parece que podamos hacer dogma de fe de las palabras de Samaniego pero, si lo hacemos, tendremos que aplicarlas tanto por activa como por pasiva. El lobo va a devorar, no sólo la manada, también al bromista pastor, a los labradores y, si mucho me apuraras, hasta a él mismo. Autofagia. O eso espero.

¿Sabes que me gustaría?: que todos estos mis escritos llegaran a oídos de los políticos y funcionaran como los míticos cantos de sirena que en época de Ulises llevaban a zozobrar a los navegantes. Me los imagino allí, despanchurrados contra las rocas, imposibilitados para crear más desolación y terror. Ahogados en sus propias mentiras. Engullidos por fantásticas y sanguinarias quimeras, criaturas creadas por la ira de Dios.

Para colmo de males y a propósito de estas palabrerías, mientras escribo, otra frasecita se cruza en mi camino:

Quienes sólo saben contar la verdad no merecen ser escuchados. (Jonas Jonasson)

Pues estamos apañaos. ¿Para qué quieres más comentarios?  

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Lo que nos asemeja, ¿nos hace diferentes?

Divagaciones en una hermosa jornada
Iba yo un día andando tranquilamente por la calle, con ganas de mirar. Era unos de esos días que te has levantado como si el sueño hubiera archivado todas tus pesadillas, como si el descanso pusiera las piezas en su sitio: el cielo es azul, el sol resplandece, la naturaleza está en flor, las mariposas vuelan, los pájaros cantan, las gentes sonríen…, etc., etc., y etc. ¡Todo el mundo es bueno!

Si las sensaciones pudieran encargarse, yo me encomendaría una así regularmente porque, prescindiendo del amor, no conozco una percepción superior a la que te procura la paz. Y yo estaba en paz con todo bicho viviente.

Bueno pues, con ese inmejorable estado de ánimo, deambulaba por ahí contemplando lo que me rodeaba: edificios, establecimientos, farolas, mascotas, coches, autobuses, bicicletas, personas…

-¡Mire qué pinta, hermana!- Oí murmurar a mis espaldas con cierta rechifla.

Me giré y vi  a una mujer que hablaba con otra mujer vestida de monja. Y el centro del comentario  no era yo, por raro que pueda parecerte, sino una señora árabe ataviada con la vestimenta de su país.

¿Qué quieres que te diga? Hace tiempo que nada me parecía tan chocante. En cierto modo, voy a frivolizar. Pero déjame que te lo ilustre para que no haya dudas ni malas interpretaciones.
Salta a la vista, ¿verdad? ¿No se diría que van al mismo modisto? O lo que es igual, ¿no parten del mismo hábito? (Y cuando digo hábito me refiero a costumbre y a vestimenta)


El velo en ciertos paises es algo obligatorio que denigra a la mujer.(sic) Es una imposición cultural o de sus "hombres".(sic)
Una monja elige ser monja y hay ordenes que se tapan la cabeza y otras que no.(sic)

amigo debes saber que el islam lo dicta.. para que la sociedda se mantenga limia y sin crisis de valores.. si en europa todas las mujeres ya no estan virgenes y ponen su imagen y sus fotos e ncadenas de internet.. en el mundo occidental la mujer ya no tiene sentido.. todas disfrutan edlsexo de manera ilicita.. no asi es el aniamL? la mujer musulmana lleva elvelo para no despertar malos pensamietos en los hombres sobre todo en los jovenes.. para no excitarles sexualmente!

el velo no solo lo llevan las musulmanas pero tambien las monjas.. pero las crtistianas respetan esta doctrina solamente en la iglesias!! pero las muuslmanas practican el islam en todos los lugares..y no solo en los templos..(sic)

En estos dos enlaces se leen opiniones opuestas. Aunque siempre respetables, claro. Pero, a mi juicio, atuendos de moras y cristianas, tienen mucho que ver con la debilidad del varón y su necesidad de imponerse (que no olviden los católicos que sus féminas eclesiásticas, por más que elijan servir a Dios como los imanes, los rabinos o los sacerdotes, no pueden escuchar confesiones ni perdonar pecados u oficiar misas o tocar hostias consagradas -salvo que no pertenezcan a la Iglesia Católica Antigua, llamada también Veterocatólica-. http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_cat%C3%B3lica_antigua Además, hasta hace bien poco, no sólo se cubrían la cabeza, también se rapaban el pelo). Y al igual que las novicias,  me parece que las damas del islam, en general, no se sienten obligadas, ni denigradas, ni discriminadas. Más bien perpetúan las costumbres de sus mayores como lo hacía mi abuela que, tal que todas las abuelas de su época, a partir de determinada edad, se vestía de negro.

Dicho esto, y a pesar de que no venga muy a cuento, no entiendo porque no se puede ir a estudiar si llevas chador o hiyab y sí, si vas con toca y hábito.

Si te he hecho creer que justifico la ablación, el burka, la clausura o cualquier violencia, incluida la llamada de género, o que voy de discurso feminista, has errado el tiro. Lo mío, hoy, va de otro palo: ¿la paja en el ojo ajeno? 

A éstos también parece que les viste el mismo sastre, ¿a qué sí? No obstante uno es devoto monje cartujo y el otro un venerable vecino de Marraquech. 
Que  yo sepa, nunca nos ha preocupado las sotanas, pero nos cuesta un montón digerir la chilaba moruna, ¡si hasta nos parece un mamarrachada!

Otro detalle a tener en cuenta: católicos, israelitas e islamitas comparten el gusto por el casquete (y me refiero al gorrito que, de otro tipo de casquete –aunque es posible que suceda lo mismo-, no tengo referencia), por el cordero pascual, por el pan ácimo (la eucaristía no deja de ser un pan sin levadura), los ayunos (no hace tanto los católicos comprábamos bulas papales para poder ponernos las botas), por el antiguo testamento…



En el caso de árabes y judíos las similitudes aumentan (su referente religioso es Abraham, ambas religiones practican la circuncisión, tienen prohibido beber alcohol, comer carne de cerdo y los dos de sacrifican a los animales –hala y kosher- de una manera muy similar, por ejemplo). También usan la misma manera de leer: empiezan por la última página, acabando en la primera y lo hacen de derecha a izquierda. Es bien probable que  aun tengan más analogías que desconozco.

Estas coincidencias vienen a reflejar algo muy antiguo que los fraterniza, que nos fraterniza a todos.

Y lo curioso es que, cada confesión, cuando menos, mira con recelo a la otra. La considera esperpéntica, impía. Desacredita sus tabús en favor de sus parecidos preceptos. Y digo “cuando menos”, porque cuando más, están zarpa la greña y llegan a las manos, a la guerra abierta.

(Al respecto, no estaría de más tener en cuenta que todos han practicado en algún momento algún tipo de guerra santa: Yihad, Sionismo, Cruzadas y, por si algo nos parece lejano, mencionaré también el conflicto del  Úlster.) http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_santa

Cierto que los árabes han perdido el esplendor y refinamiento a los que nos tenía habituados en la España mora (de lo que cabe aprender que la gloria es efímera y que, hasta los más altos, pueden caer –tampoco sé yo si esa exquisitez era aplicable a todas las clases sociales-.) Pero aun más indudable es que los bautizados hemos traspapelado el “amar al prójimo como a nosotros mismos”. 

Asimismo es verdad que, en nuestra sociedad, quizá porque cada vez hay menos vocaciones, se hace más  difícil ver, fuera de los días festivos, sotanas, hábitos, túnicas, chilabas, velos, tocas y alzacuellos.

(¡En menudo jardín me he metido otra vez!)

La paradoja es que, lo que presumimos que nos diferencia, en definitiva, nos descubre muy pero que muy parecidos. Iguales.